Borges y la literatura fantástica: Lectura C2 - H Spanish Academy

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Borges y la literatura fantástica: Lectura C2

Borges y la literatura fantástica: laberintos, espejos y bibliotecas infinitas

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Hablar de Borges y la literatura fantástica en español es hablar de una paradoja: el escritor que más hizo por el género apenas recurrió a fantasmas, dragones o castillos encantados. Jorge Luis Borges, nacido en Buenos Aires en 1899, prefirió una fantasía de otra estirpe, hecha de ideas antes que de criaturas, en la que lo inquietante no es un monstruo, sino la sospecha de que el universo obedece a reglas que no comprendemos.

Su manera de narrar resulta inconfundible. Muchos de sus cuentos imitan la forma de una reseña, una nota erudita o un artículo de enciclopedia, con citas precisas de libros que nunca existieron. En «Pierre Menard, autor del Quijote», un crítico elogia con toda seriedad a un escritor francés que se propuso componer, palabra por palabra, unas páginas idénticas a las de Cervantes. La broma salta a la vista, pero su alcance no tanto: si el mismo texto puede significar algo distinto según la época que lo lee, ¿dónde termina la obra y dónde empieza el lector?

Los temas regresan con la obstinación de una pesadilla: laberintos, espejos, bibliotecas infinitas, sueños dentro de sueños, el doble que nos usurpa la identidad. En «La biblioteca de Babel», el universo es un edificio interminable que contiene todos los libros posibles, de modo que la verdad existe, aunque sepultada bajo un océano de disparates. En «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», una enciclopedia inventada por una sociedad secreta acaba transformando el mundo real. En ambos casos, lo fantástico no irrumpe desde fuera: brota de la propia razón llevada hasta sus últimas consecuencias.

El contexto ayuda a entender esta apuesta. En 1940, junto con Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, publicó la Antología de la literatura fantástica, un volumen que reivindicaba la dignidad de un género a menudo tenido por menor. Pocos años después llegaron Ficciones, en 1944, y El Aleph, en 1949, libros que acabarían marcando a generaciones de narradores a ambos lados del Atlántico.

En 1955 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, cuando la ceguera ya casi le impedía leer, ironía que él mismo convirtió en poema. Quizá ahí resida la clave de su obra: un hombre que se tenía por lector antes que por autor y que sospechaba que toda biblioteca es, en el fondo, un laberinto. Murió en Ginebra en 1986 sin haber recibido el Nobel, omisión que suele citarse entre los grandes descuidos de la Academia sueca.

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