Blas de Lezo y el sitio de Cartagena: lectura C1
El sitio de Cartagena de Indias en 1741
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En la primavera de 1741, Cartagena de Indias, el principal puerto del Imperio español en el Caribe, vio aparecer en el horizonte una de las mayores flotas reunidas hasta entonces: alrededor de 180 barcos y más de 20.000 hombres al mando del almirante británico Edward Vernon. Se trataba de una escuadra con más barcos que la Gran Armada que Felipe II había enviado contra Inglaterra en 1588. El objetivo era apoderarse de la llave del comercio americano.
El conflicto había estallado en 1739. El Tratado de Utrecht había concedido a Gran Bretaña el llamado asiento de negros, es decir, el derecho a vender personas esclavizadas en la América española. El contrabando y los controles españoles terminaron desencadenando la guerra, conocida en España como guerra del Asiento y en el mundo anglosajón como guerra de la Oreja de Jenkins.
Frente a aquella armada, los defensores eran muy pocos: unos 3.000 soldados, algunos centenares de arqueros indígenas y seis navíos. Entre sus jefes destacaba Blas de Lezo, un marino guipuzcoano que, a sus cincuenta y dos años, había perdido una pierna, la visión de un ojo y la movilidad de un brazo. La tradición lo apodó «Mediohombre». Lezo dirigió la resistencia en los fuertes que protegían la bahía e incluso hundió sus propios barcos para cerrar el paso al enemigo.
Vernon estaba tan seguro de la victoria que envió a Londres noticias del triunfo antes de tiempo, y llegaron a acuñarse medallas conmemorativas en las que Lezo aparecía arrodillado ante él. Sin embargo, el asalto al castillo de San Felipe de Barajas fracasó, las enfermedades tropicales diezmaron a las tropas británicas y, tras más de dos meses de asedio, la flota se retiró.
Lezo no pudo saborear su victoria: murió meses después, probablemente a causa de una epidemia, y el lugar donde fue enterrado sigue siendo desconocido. Sus desavenencias con el virrey Sebastián de Eslava, que ostentaba el mando supremo y se atribuyó buena parte del mérito, contribuyeron a relegar su figura. Durante mucho tiempo, el episodio apenas ocupó unas líneas en los manuales, hasta que en el siglo XXI libros, exposiciones y una estatua en Madrid lo rescataron del olvido. Hoy, el reto de los historiadores es otro: distinguir al personaje histórico del mito patriótico que se ha construido en torno a él.
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