El Carnaval de Barranquilla: lectura en español C1
La fiesta en la que se ríe del poder
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Durante los cuatro días previos al Miércoles de Ceniza, Barranquilla, en la costa caribeña de Colombia, se entrega a una de las fiestas populares más multitudinarias del continente. En 2003, la UNESCO proclamó su carnaval Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Bajo el estruendo de los tambores y la explosión de color, sin embargo, se esconde algo más que diversión: una larga tradición de burla dirigida contra el poder.
Sus raíces se remontan a la época colonial. En Cartagena de Indias, los africanos esclavizados se organizaban en cabildos, asociaciones que, durante determinadas fiestas religiosas, obtenían permiso para salir a la calle con sus danzas. Aquellas celebraciones, toleradas por las autoridades como una válvula de escape, se convirtieron en un espacio en el que, durante unas horas, el mundo podía ponerse del revés. Con el tiempo, la tradición echó raíces en Barranquilla, una ciudad portuaria en pleno auge.
Algunas danzas conservan con nitidez esa intención satírica. En el Son de Negro, los bailarines se pintan el cuerpo de negro y los labios de rojo y bailan con muecas exageradas. Aunque a un espectador actual pueda incomodarle, la tradición lo interpreta como una parodia de los antiguos amos y de su manera de mirar a los esclavizados. Algo parecido ocurre con la marimonda, un personaje de máscara grotesca, nariz alargada y traje formal, creado por los sectores populares para ridiculizar la ostentación de las élites locales.
El humor alcanza también a las solemnidades. El carnaval tiene su propio monarca, el Rey Momo, inspirado en el dios griego de la burla, que gobierna simbólicamente la ciudad como si el orden establecido quedara en suspenso. Y la fiesta concluye con el entierro de Joselito Carnaval, un cortejo fúnebre de broma en el que falsas viudas lloran con desmesura la muerte del personaje, parodiando los rituales con los que la sociedad despide a sus difuntos.
Hoy, convertido en un gran acontecimiento turístico y mediático, el carnaval afronta las tensiones habituales entre tradición y espectáculo. Hay quien teme que la comercialización acabe vaciando de sentido sus danzas, y quien sostiene que es precisamente su capacidad de adaptación lo que lo ha mantenido vivo. Mientras una marimonda siga corriendo por la calle, el carnaval recordará que reírse del poderoso es una forma de resistencia.
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