La RAE y el fantasma de la ch y la ll: lectura C1
Cuando dos letras dejaron de serlo sin dejar de existir
👆 Toca cualquier palabra para ver su traducción
Pocas decisiones académicas han despertado tantas pasiones como la que, en 2010, expulsó del abecedario a la ch y a la ll. Con la publicación de la nueva Ortografía de la lengua española, elaborada conjuntamente por la Real Academia Española y las demás academias, el alfabeto quedó reducido oficialmente a 27 letras. Para muchos hablantes, que habían aprendido a recitar «che» y «elle» en la escuela, aquello sonó a mutilación.
Sin embargo, el golpe no fue tan repentino como se dijo. La parte más visible del cambio, la que afectaba a la ordenación de los diccionarios, se había acordado ya en 1994, en un congreso de la Asociación de Academias. Hasta entonces, durante cerca de dos siglos, las palabras que empezaban por ch o ll ocupaban capítulos propios: «chocolate» aparecía después de todas las palabras que empezaban por c. A partir de aquel acuerdo se adoptó el orden alfabético latino universal.
Lo que hizo la Ortografía de 2010 fue extraer la consecuencia lógica: si la ch y la ll ya no se ordenaban aparte, era porque no eran letras, sino dígrafos, es decir, combinaciones de dos letras que representan un único sonido, como la rr o la qu, que nunca habían figurado en el abecedario. La paradoja salta a la vista: las «letras eliminadas» siguen escribiéndose igual que antes. Por eso cabe hablar de un fantasma: están en todas partes, pero oficialmente no existen.
La polémica, no obstante, se alimentó de otros cambios publicados al mismo tiempo. La propuesta de llamar «ye» a la i griega, la recomendación de prescindir de la tilde en el adverbio «solo» o la de escribir «guion» sin acento provocaron columnas indignadas y debates editoriales a ambos lados del Atlántico. Algunos escritores anunciaron que seguirían escribiendo como siempre; otros celebraron el fin de normas que consideraban arbitrarias.
En el fondo, el debate enfrentaba dos concepciones de la norma: la de quienes ven en la ortografía un patrimonio que debe preservarse frente a cualquier alteración y la de quienes la entienden como una herramienta al servicio de la coherencia y la unidad de la lengua. Más de quince años después, la mayoría de los hablantes ha asumido el cambio sin dramatismo, aunque no son pocos los que siguen pronunciando «che» con un leve gesto de nostalgia.
Preguntas
Responde según el texto. Puedes volver a leerlo cuando quieras.